“Por la última de Leo”, cantaban los aficionados argentinos, antes y durante el partido. Pero el sueño de la cuarta estrella para la selección argentina, la segunda personal para Lionel Messi, no pudo ser. Para la Albiceleste, la tristeza por la derrota frente al equipo de España supone que deberá seguir esperando al menos cuatro años para volver a soñar con ser campeón. En cambio, para la Pulga, el extraordinario futbolista que volvió a maravillar aún con 39 años, implica el final de una última ilusión, la pérdida del broche de oro que hubiera sido para su carrera internacional levantar nuevamente la Copa Mundial. Las lágrimas que nublaron los ojos de tantos argentinos este domingo lloraron ambos desengaños. Y el final de una época para su selección, la época dorada que lideró Messi.Seguir leyendo
Los seguidores de la Albiceleste lamentaron el fin del sueño de obtener el bicampeonato mundial
“Por la última de Leo”, cantaban los aficionados argentinos, antes y durante el partido. Pero el sueño de la cuarta estrella para la selección argentina, la segunda personal para Lionel Messi, no pudo ser. Para la Albiceleste, la tristeza por la derrota frente al equipo de España supone que deberá seguir esperando al menos cuatro años para volver a soñar con ser campeón. En cambio, para la Pulga, el extraordinario futbolista que volvió a maravillar aún con 39 años, implica el final de una última ilusión, la pérdida del broche de oro que hubiera sido para su carrera internacional levantar nuevamente la Copa Mundial. Las lágrimas que nublaron los ojos de tantos argentinos este domingo lloraron ambos desengaños. Y el final de una época para su selección, la época dorada que lideró Messi.“Estamos orgullosos de nuestros jugadores. Dejaron todo lo que tenían, son un ejemplo para nosotros”, decía Micaela, una joven con las mejillas pintadas de celeste y blanco, surcadas por el llanto. Era una de los miles de personas que, en un domingo helado, gris y húmedo, se habían reunido alrededor del Obelisco, en el centro porteño, para sufrir el partido en comunidad. “Nos faltó un pasito más, llegamos muy cansados a la final. Nos costaron demasiado los partidos anteriores y hoy pagamos ese precio. España ganó bien, de principio a fin”, resumía Francisco, un resignado estudiante de ingeniería.Desde temprano se escuchaban en Buenos Aires bombas de estruendo, el temblor de redoblantes y los gritos que buscaban aliviar la tensión, incentivar la esperanza o ahuyentar los malos augurios. Banderas y camisetas albicelestes decoraban ventanas y balcones, autos y buses, personas y mascotas. A pocos kilómetros del centro porteño, en Palermo, los mozos de la cafetería Benigno sacaban a la vereda dos enormes parlantes con el plan de animar al barrio. “Pase lo que pase, nuestros jugadores son campeones. La alegría que ya nos dieron es muy grande”, decía unos pocos metros más allá Cristina, de 67 años, al entrar en su casa con una bolsa de compras.Solos, en familia o con amigos, los argentinos siguieron la final disputada en Nueva York desde sus casas, en bares, en clubes, hasta en sus vehículos. La fe en el poder de la influencia a la distancia los hizo cantar sin parar, también apostar por la religión: en el día de su santo, la iglesia de San Expedito, en el barrio porteño de Balvanera, fue un punto de peregrinación para los fieles que presentaron sus promesas a cambio de un triunfo. Muchos otros optaron, como nunca antes, por una suerte de magia casera: los nombres de los jugadores rivales fueron prolijamente anotados en papelitos que pasaron 120 minutos encerrados en los refrigeradores.A la hora del partido, el tenso silencio reinó sin desafíos en las calles, a la espera de un festejo que nunca llegaría. La capital y las principales ciudades argentinas no pudieron repetir las imágenes de algarabía popular de
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