Cuando Miquel Sánchez Murcia llegó al Ventosa i Calvell, en 1982, no había electricidad, ni radio, ni teléfono y apenas recibía visitas. “Eso era precisamente lo que andaba buscando: esa sensación de libertad”, recuerda. Cuarenta y cuatro años después, sigue siendo el guarda de este refugio situado a 2.200 metros de altura, en el Parque Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Desde allí ha sido testigo privilegiado de la transformación de la montaña y, sobre todo, de quienes la recorren.. Seguir leyendo
La alta montaña ya no es solo cosa de expertos y es elegida para desconectarse y compartir
Cuando Miquel Sánchez Murcia llegó al Ventosa i Calvell, en 1982, no había electricidad, ni radio, ni teléfono y apenas recibía visitas. “Eso era precisamente lo que andaba buscando: esa sensación de libertad”, recuerda. Cuarenta y cuatro años después, sigue siendo el guarda de este refugio situado a 2.200 metros de altura, en el Parque Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Desde allí ha sido testigo privilegiado de la transformación de la montaña y, sobre todo, de quienes la recorren.. En los años ochenta, recorrer la alta montaña durante varios días era una experiencia reservada a unos pocos. Hacía falta una buena forma física, conocimientos de orientación, respeto por la naturaleza y ganas de adentrarse en un entorno exigente. Dormir en refugios era simplemente la forma de enlazar una etapa con la siguiente. Hoy, sin embargo, muchos de esos refugios cuelgan el cartel de completo durante buena parte del año y las travesías viven un momento de auge. ¿Qué ha cambiado? ¿Por qué cada vez más personas deciden desaparecer unos días en la montaña? ¿Qué buscan allí arriba? ¿Es la otra cara de una sociedad condenada a la hiperconexión y la hiperproductividad?. Las travesías y los refugios de montaña han recuperado, e incluso superado, los niveles previos a la pandemia. En los 13 refugios gestionados por la Federación de Entidades Excursionistas de Catalunya (FEEC), las pernoctaciones pasaron de 22.057 en 2019 a 24.000 en 2025, después del desplome registrado durante la covid, cuando apenas alcanzaron las 12.300. Los datos apuntan a un crecimiento sostenido, aunque desigual según el refugio y su ubicación. No todos viven el mismo momento: en el Pirineo catalán, los integrados en grandes travesías como Carros de Foc o a los pies de la Pica d’Estats concentran buena parte de la demanda y obligan a reservar plaza con semanas o incluso meses de antelación.. La montaña se abre a todos. Cuando Miquel llegó al Ventosa i Calvell, el montañero era alguien que se formaba antes: aprendía a orientarse con un mapa, estaba federado, hacía sus primeras salidas con un centro excursionista y acumulaba experiencia antes de afrontar una gran travesía. Hoy cualquiera puede acercarse a la alta montaña y el perfil es mucho más amplio y heterogéneo. Han entrado con fuerza las mujeres, pero también los extranjeros, las familias y personas sin experiencia previa atraídas por el auge de las travesías entre refugios. “Hemos pasado de un perfil muy montañero a un público mucho más generalista. Hoy la gente busca vivir una experiencia”, explica Marinella Mosquera, responsable de Cavalls del Vent, una de las travesías más populares del Pirineo catalán.. Pero, ¿qué buscamos allí arriba? ¿Por qué cuando más condicionados estamos a estar conectados, más ganas tenemos de lo contrario? “A diferencia de lo que se suele decir, yo no voy a la montaña para desconectar; voy para ordenar la cabeza”, apunta Jordi Miquel Torres Muñoz, de 52 años. “No es algo que busque, sino que sucede. Al final, al quitarle a la mente todos los estímulos constantes de la ciudad (el ruido, los cines, las distracciones, los centros comerciales, los correos de trabajo, etc.), lo único que queda es el camino y tus propios pensamientos”, añade este montañero que retomó su afición por la montaña tras un divorcio y con los hijos ya mayores, cuando volvió a tener tiempo para él. “Una travesía es un espacio de meditación continuada, lo quieras o no”, afirma.. El montañero Jordi Torres el 14 de agosto en Barcelona.Massimiliano Minocri. Moshe Mizhari, fundador de Yépalo, una comunidad que organiza salidas de senderismo desde Barcelona, lleva años observando el mismo patrón entre quienes se apuntan a sus travesías. A su parecer, quienes se escapan a la montaña buscan “un paréntesis de su día a día; un reto físico y compartir con más gente”. En una sociedad hiperconectada e hiperestimulada, la montaña ofrece justamente lo contrario: silencio, tiempo y una conexión genuina con otras personas. A ello se suma un factor más práctico: escapar de las olas de calor extremo del verano y de unos destinos costeros cada vez más masificados y caros.. Al reto físico se añade el intelectual. Narcís Francàs, excursionista desde los ocho años, lo explica así: “La montaña es un campo de experimentación del entorno y de mi propio cuerpo. Me gusta ponerme a prueba y prepararme para desafíos físicamente exigentes, ya sea corriendo, haciendo esquí de montaña o realizando travesías”. Al reto físico añade otro menos evidente: el intelectual. “Las travesías de ahora ya no son las de antes. Hoy las rutas se han comercializado y, para mucha gente, hacer una travesía consiste en hacer una de estas rutas conocidas, como Carros de Foc o Cavalls del Vent. Pero una travesía también puede consistir en enlazar lugares que conoces. Ahí es donde quienes llevamos muchos años en la montaña encontramos el verdadero disfrute: en el reto, la curiosidad y el descubrimiento”, añade. “Por no hablar de los momentos espirituales en los que se siente total conexión con la naturaleza”.. Para Yamila, una psicóloga argentina instalada desde hace pocos años en Barcelona, el atractivo reside en otra parte. “En la montaña a nadie le importa cuál es tu trabajo o tu estatus. Todos estamos cansados, todos llevamos una mochila y todos somos iguales. En la ciudad todo está orientado a un objetivo. En una travesía, caminar ya es el objetivo”, explica. No se trata de tachar monumentos. Se trata simplemente de estar.. La montaña tiene esa capacidad de despojarte de cualquier disfraz y liberarte ―aunque sea sólo algunos días― de las obligaciones terrenales. Al final de cada etapa hay un lugar donde todo eso continúa: el refugio. Allí se comparte la mesa, se recuperan las fuerzas y se pasa la noche. Pero no siempre fue así. “La primera vez que dormí en la montaña no fue en un refugio, sino en una tienda de campaña”, recuerda Narcís Francàs. “Durante muchos años estaba permitido acampar y, para mí, dormir en un refugio era casi un lujo. Era el lugar al que acudíamos para resguardarnos si nos sorprendía una tormenta, nos quedábamos sin comida o alguien enfermaba. Ese era el verdadero concepto de refugio. De hecho, de ahí su nombre. Pero ahora ya no se puede acampar y el refugio se ha convertido en el lugar donde se pernocta en la montaña”.. Espacios sagrados sin wifi. Un refugio, sin embargo, no es un hotel. Es uno de los pocos lugares donde todavía resulta normal compartir mesa, habitación y conversación con personas a las que acabas de conocer. Las habitaciones y los baños son compartidos; el agua caliente apenas dura tres o cuatro minutos; el menú es cerrado y, por lo general, no hay wifi. Allí se duerme junto a desconocidos, se intercambian rutas, consejos sobre material e historias de montaña. Cada uno ha llegado por un motivo distinto, pero durante unas horas desaparecen las profesiones, el estatus y las prisas. Como resume Narcís Francàs, en un refugio de alta montaña “se produce una selección natural de la gente que llega”, sencillamente porque no se puede acceder en coche.. El auge de las travesías ha abierto también un debate: ¿deben los refugios ofrecer más comodidades? “Ahora nos juzgan más por lo que no damos que por lo que damos”, lamenta Miquel Sánchez, guarda del Ventosa i Calvell desde hace más de cuatro décadas y uno de los fundadores de Carros de Foc. “La gente espera mucho de un refugio porque, al no saber qué esperar, se imagina lo que mejor conoce: un hostal económico. Y nosotros no podemos estar a la altura de eso. Aquí todo llega en helicóptero y los guardas subimos y bajamos a pie”.. Para él, la incomodidad forma parte de la propia experiencia. “Si en la montaña encuentras un tramo del camino lleno de piedras, ¿qué quieres? ¿Que las quiten y lo dejen llano? Un refugio debería ser igual”. Aun así, reconoce que, año tras año, los refugios se han ido adaptando para dar respuesta a nuevas necesidades, especialmente las alimentarias.. “Nosotros no damos wifi a la gente”, continúa explicando. “Podríamos darlo, pero el refugio es un lugar de pausa; de contemplar el paisaje; de hablar con la gente. ¡Antes hasta se tocaba la guitarra! Si doy el wifi, la gente estará mirando a la pantalla y eso sí que no lo quiero”, explica este guarda con carácter que, entre su círculo más cercano, es conocido como The Boss. Hace cuarenta y cuatro años llegó al Ventosa i Calvell buscando libertad. Miles de personas siguen subiendo hoy a la montaña por motivos distintos. Pero, después de escucharlas durante horas, cuesta no pensar que, en el fondo, persiguen algo parecido.
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