Mientras llega la hora de la final contra Argentina me ha dado por ponerme trascendente y pensar por qué nos altera tanto el fútbol, por qué nos consumimos por dentro de una manera tan irracional. Quizás sea porque del fútbol no depende nuestra vida pero sí gran parte de nuestra felicidad. Y no me refiero a esos hinchas argentinos que son capaces de hipotecar o incluso vender su casa para acompañar a su selección en un Mundial. No llego a tanto, sobre todo porque mi mujer no me dejaría. Una vez escribí en un artículo que nunca había sido tan feliz como jugando al fútbol y aún me recuerda de vez en cuando si el día de nuestra boda o el nacimiento de nuestros hijos están por debajo de ese grado de felicidad. No he acertado aún a explicárselo. He llegado incluso a desear que me gustase un poquito menos el fútbol para poder disfrutar más de él, sin sentir esa angustia que te encoge el estómago en cada jugada de peligro. Sobre todo cuando llega un mundial. Por ello quizás sea capaz de recordar los anuncios del descanso de un partido jugado hace más de medio siglo, como aquel épico España-Yugoslavia del 74 en Frankfurt del que les hablé hace unos días: “¿Quiere saber cómo quedará el España-Yugoslavia?. Léalo en Barrabás, la revista satírica del deporte”. Luego venían las repeticiones más interesantes del primer tiempo ofrecidas por la red de asistencia SEAT, pero allí solo salía el puto gol de Katalinski que nos dejó sin el mundial de Alemania.Seguir leyendo
Me ha dado por pensar por qué nos altera tanto el fútbol. Quizás sea porque de él no depende nuestra vida pero sí gran parte de nuestra felicidad
Mundial de FútbolOpiniónTexto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datosMe ha dado por pensar por qué nos altera tanto el fútbol. Quizás sea porque de él no depende nuestra vida pero sí gran parte de nuestra felicidadEl audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.El mexicano Manuel Negrete (segundo por la izquierda) celebra tras marcar con una espectacular media chilena en el Mundial de 1986Peter Robinson – EMPICS (PA Images via Getty Images)Mientras llega la hora de la final contra Argentina me ha dado por ponerme trascendente y pensar por qué nos altera tanto el fútbol, por qué nos consumimos por dentro de una manera tan irracional. Quizás sea porque del fútbol no depende nuestra vida pero sí gran parte de nuestra felicidad. Y no me refiero a esos hinchas argentinos que son capaces de hipotecar o incluso vender su casa para acompañar a su selección en un Mundial. No llego a tanto, sobre todo porque mi mujer no me dejaría. Una vez escribí en un artículo que nunca había sido tan feliz como jugando al fútbol y aún me recuerda de vez en cuando si el día de nuestra boda o el nacimiento de nuestros hijos están por debajo de ese grado de felicidad. No he acertado aún a explicárselo. He llegado incluso a desear que me gustase un poquito menos el fútbol para poder disfrutar más de él, sin sentir esa angustia que te encoge el estómago en cada jugada de peligro. Sobre todo cuando llega un mundial. Por ello quizás sea capaz de recordar los anuncios del descanso de un partido jugado hace más de medio siglo, como aquel épico España-Yugoslavia del 74 en Frankfurt del que les hablé hace unos días: “¿Quiere saber cómo quedará el España-Yugoslavia?. Léalo en Barrabás, la revista satírica del deporte”. Luego venían las repeticiones más interesantes del primer tiempo ofrecidas por la red de asistencia SEAT, pero allí solo salía el puto gol de Katalinski que nos dejó sin el mundial de Alemania.Yo le digo a mi mujer a modo de consuelo que no es para tanto, que los hay mucho peores, como los hinchas argentinos, o como sucedió en un hospital de México en el mundial del 86 que se disputó en su país. Recuerdo una foto en la portada de este periódico. Sobre una mesa de operaciones un grupo de cirujanos intervenía a un paciente, no recuerdo si por una apendicitis o una rotura de menisco. Tanto da. El caso es que allí estaba tendida sobre un quirófano una persona anestesiada, que puso su vida en manos de unos tipos que habían hecho un juramento hipocrático, con la carne abierta por la cintura o la rodilla. Junto a los equipos electrónicos para comprobar el pulso cardiaco del paciente alguien había puesto un televisor. Jugaba México a la hora programada para la intervención. En la foto el grupo de médicos y enfermeros salían más atentos al partido que a no extirpar un
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