El Utspann, una vieja oficina de correos de cuando las cartas se despachaban a caballo y la oficina era un establo, es hoy el clásico bar. Madera, jarras, humo. Alguna silla de montar. También un robusto tirador Astra, la cerveza con el corazón y el ancla que se bebe en Hamburgo. Y en este barrio. Sven, dueño, camarero, psicólogo. Algunas madrugadas no cierra, y los clientes entran y salen como en la misa del Gallo. No duerme. Y si lo hace, solo tiene que subir al piso de arriba, señala con el dedo sonriendo. Nada se detiene alrededor de Reeperbahn, la arteria que atraviesa St. Pauli con sus clubes de striptease, antros de chupitos baratos y sexo callejero. El bar de Sven es un refugio frente la sordidez exterior. Pero esta noche nadie está para monsergas.. Seguir leyendo
El Sankt Pauli, punta de lanza de una ola que recorre el mundo con el fútbol de barrio opuesto al negocio global, volvió a segunda división hace una semana
El Utspann, una vieja oficina de correos de cuando las cartas se despachaban a caballo y la oficina era un establo, es hoy el clásico bar. Madera, jarras, humo. Alguna silla de montar. También un robusto tirador Astra, la cerveza con el corazón y el ancla que se bebe en Hamburgo. Y en este barrio. Sven, dueño, camarero, psicólogo. Algunas madrugadas no cierra, y los clientes entran y salen como en la misa del Gallo. No duerme. Y si lo hace, solo tiene que subir al piso de arriba, señala con el dedo sonriendo. Nada se detiene alrededor de Reeperbahn, la arteria que atraviesa St. Pauli con sus clubes de striptease, antros de chupitos baratos y sexo callejero. El bar de Sven es un refugio frente la sordidez exterior. Pero esta noche nadie está para monsergas.. Friedrich, barba espesa y gafas de tiro al plato, no compra consuelo barato. Sí, ya sé que volveremos. Pero hoy es un día muy triste. Esto es mi vida.. El St. Pauli ha perdido hace solo dos horas 1-3 con el Wolfsburgo en el Millerntor-Stadion, a solo 10 minutos del bar. Partido para socios. Y para los pocos que consiguieron entrada en el encuentro más emotivo del año y no tuvieron que amontonarse en la puerta del Jolly Roger, como el que firma.. No era tan complicado, joder, sigue Friedrich levantando la jarra y mirándola, como si buscase respuestas en líquido amarillo.. La segunda vuelta fue un desastre. Tres puntos de los últimos treinta posibles. Seis victorias, ocho empates, 20 derrotas. Necesitaba ganar y un milagro para mantenerse en la primera división alemana. Nada. El hijo de Johan, también con la camiseta marrón y blanca y la bufanda con la calavera, supervisa con delicada diplomacia el equilibrio de su padre. Johan trabaja en el aeropuerto de Hamburgo, es sindicalista. Se ocupa de que se respeten los derechos de todos. Es una comunidad. Como esta, murmulla.. Es más fácil perder la categoría que ganar una liga. Más del 90% de históricos europeos han cambiado de división alguna vez. Pero no va solo de eso. El St. Pauli es la vanguardia de una ola que recorre el mundo. El regreso al fútbol de barrio, a la cancha popular. Equipos comprometidos políticamente, antifascistas, inclusivos, antirracistas. Otra manera de entender la grada. El Red Star en París, el Europa o el Sant Andreu en Barcelona. También el Rayo Vallecano, el Livorno o el Cosenza.. Ralph, histórico púgil de 79 años, calvo y chaparro, se tambalea como un tentempié de feria mientras la máquina de dardos tintinea. Suena en el jukebox una versión tristísima de Smalltown boy que que recuerda cómo largarse de determinados sitios donde nadie respeta tu naturaleza. Y en esas, Thomas, 34 años, atrapa al vuelo a Ralph antes de que se rompa el cráneo contra los tablones del suelo. Lo acompaña al baño, pasa por delante de Mariam, absorta en la tragaperras, y le ayuda a hacer todo lo que necesita que, en cualquier caso, requiere tiempo, paciencia y mucho amor. Luego regresa agarrándole el lomo, como si fuera un herido de la Segunda Guerra Mundial y la barra, la última trinchera. Ralph pide otra cerveza. Nadie le faltará al respeto negándosela. Y entonces Sven saca del congelador una botella con una etiqueta gastada de algo que, claramente, no corresponde al mejunje oscuro que contiene.. Una ronda para la barra.. St. Pauli, barrio portuario de farolillo rojo. En alguna de sus tabernas, tocaba el piano un jovencísimo Brahms. En otras, sonaron por primera vez los Beatles antes de triunfar en Liverpool. No era aquí, confirma Sven con una sonrisa de informático que descifra tu historial de navegación con solo mirarte. Ahí fuera continúa el trasiego. Entran y salen hinchas desconsolados.. El St. Pauli vuelve a segunda tras dos temporadas. Thomas, 34 años, pañuelo bien anudado al cuello, impecable, se encarga de todos. Hay más padres con hijos. Y una silenciosa solidaridad. El fútbol es esto, aquí ocurre también. Fíjate, aunque haya una pantalla ni una radio, dice. Estamos nosotros, eso es lo que cuenta. Este momento es para nosotros. Estos recuerdos son nuestros.. Llega Cynthia, la novia de Thomas que no se llama Cynthia, como tampoco se llaman así el resto de personajes, porque irían a buscar al cronista a la puerta de casa. Aparece sonriente con su bufanda y el anorak del St Pauli. Y Thomas, al mismo tiempo, ve que Ralph pide la hora. No le conocía de nada, pero esta noche ya le ha ayudado a ir al baño, le ha subido los pantalones, abrochado y desabrochado el cinturón, le ha salvado de abrirse la cabeza y ahora lo va a llevar a su casa del brazo para meterlo en la cama. En el bar de Sven, o eso parece después de seis horas, el fútbol también es esto.
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