El perfil de LinkedIn de Gianni Infantino (Brig-Glis, Suiza, 1970) completa su nombre y apellido con una escueta coletilla: “El noveno presidente de la FIFA”. Dirigir el máximo organismo internacional del fútbol, vigente desde hace 122 años, es algo así como un papado. Desde 1961, Infantino es la cuarta persona a la que se encomendó ese mandato, al que accedió en 2016 tras una tempestad por una supuesta corrupción nunca demostrada en los tribunales que se llevó por delante a su antecesor y paisano Joseph Blatter, también a Michel Platini, la leyenda de la selección francesa que presidía la UEFA y que acariciaba la idea de dar el salto desde la confederación europea para dirigir el orbe futbolístico. No fue así y mientras Platini se sumergía en una maraña de investigaciones por fraude fiscal, Infantino, que era su número dos, le pasó por la derecha. “Era un buen ayudante, pero no es un buen líder. Le gustan mucho las personas ricas y poderosas que tienen dinero”, le define ahora Platini, que justo la semana que comenzó el pasado Mundial reveló que iba a interponer una denuncia contra Infantino y cinco altos dirigentes del gobierno suizo y la FIFA por “acusación falsa” y “tráfico de influencias”. Seguir leyendo
El presidente de la FIFA teme por su propio futuro tras ver desbancado su proyecto de privatizar el Mundial antes siquiera de votarlo a manos de 136 de las 211 federaciones de fútbol en el planeta que aún le exigen explicaciones
El perfil de LinkedIn de Gianni Infantino (Brig-Glis, Suiza, 1970) completa su nombre y apellido con una escueta coletilla: “El noveno presidente de la FIFA”. Dirigir el máximo organismo internacional del fútbol, vigente desde hace 122 años, es algo así como un papado. Desde 1961, Infantino es la cuarta persona a la que se encomendó ese mandato, al que accedió en 2016 tras una tempestad por una supuesta corrupción nunca demostrada en los tribunales que se llevó por delante a su antecesor y paisano Joseph Blatter, también a Michel Platini, la leyenda de la selección francesa que presidía la UEFA y que acariciaba la idea de dar el salto desde la confederación europea para dirigir el orbe futbolístico. No fue así y mientras Platini se sumergía en una maraña de investigaciones por fraude fiscal, Infantino, que era su número dos, le pasó por la derecha. “Era un buen ayudante, pero no es un buen líder. Le gustan mucho las personas ricas y poderosas que tienen dinero”, le define ahora Platini, que justo la semana que comenzó el pasado Mundial reveló que iba a interponer una denuncia contra Infantino y cinco altos dirigentes del gobierno suizo y la FIFA por “acusación falsa” y “tráfico de influencias”. A Platini, que fue jefe directo de Infantino durante más de siete años, le gusta aludir a Maquiavelo cuando habla de su antiguo subordinado, cuyo poder se tambalea tras presentar primero y retirar después un proyecto, vinculado a la familia política de Donald Trump, que supondría ceder participaciones en las principales competiciones del organismo rector del fútbol mundial a cambio de multiplicar los beneficios para las 211 federaciones asociadas a la FIFA. También los del propio Infantino: The Times apunta que su salario de 4,8 millones de dólares anuales, que triplica al que tenía a su llegada al cargo, ascendería al menos hasta los 64. “Los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”, dejó escrito en el siglo XVI el referencial padre de la filosofía política moderna. El dinero está casi siempre en el origen y el destino de las crisis y esta que asola a la FIFA no es una excepción. Con Blatter y Platini laminados, Infantino proclamó un nuevo orden a su llegada. “El dinero de la FIFA es vuestro dinero”, aclaró ante el auditorio de electores que le elevaron al poder hace poco más de diez años. A aquel plenario llegó un jeque de Baréin, Salman bin Ebrahim Al-Khalifa, como favorito. Pero Infantino se movió entre bambalinas para agregar al apoyo de las federaciones europeas el de las de las dos asociaciones americanas, la Concacaf y la Conmebol y recabar en la votación final 115 apoyos. La FIFA ya apuntaba entonces a un giro para que el poderoso Comité Ejecutivo de 24 miembros perdiese dictado en sus decisiones en favor de las asociaciones. Y se abrió un juego geoestratégico en el que Infantino tuvo claro desde el principio que debía ganarse el afecto d
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