Era 1910. Por primera vez el Tour se adentraba en los Pirineos. Los organizadores no tuvieron piedad aquel 21 de julio: el pelotón partió a las tres y media de la madrugada para enfrentarse a cuatro colosos: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque, todos juntos y encadenados para aquellos esclavos de la carretera que cabalgaban unas bicicletas de quince kilos con piñón fijo. Tierra, piedras, faros de acetileno en el manillar en medio de la silente oscuridad: una épica sin pulsómetros ni pinganillos.Seguir leyendo
El esloveno ha llegado de amarillo a su quinto Tour. Solo tiene 27 años
Era 1910. Por primera vez el Tour se adentraba en los Pirineos. Los organizadores no tuvieron piedad aquel 21 de julio: el pelotón partió a las tres y media de la madrugada para enfrentarse a cuatro colosos: Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque, todos juntos y encadenados para aquellos esclavos de la carretera que cabalgaban unas bicicletas de quince kilos con piñón fijo. Tierra, piedras, faros de acetileno en el manillar en medio de la silente oscuridad: una épica sin pulsómetros ni pinganillos.El ganador de aquel Tour fue Octave Lapize, con su mostacho enhiesto en las puntas y unos ojos desorbitados. Un pobre hombre medio sordo, bajito, fuerte de piernas, sacrificado. Aquel día arrastró a pie su bici por las rampas de tierra del Tourmalet, como hizo todo el pelotón menos un ciclista, al que recompensaron con cien francos por su gallardía.Cuando el bigote sucio y sudado de Lapize llegó a la cima del Aubisque y detrás del mostacho iba su figura encorvada y maltrecha, miró al coche de la organización y les gritó: “Asesinos, sois unos asesinos”. La etapa la ganó con 14 horas y 10 minutos. Trece corredores llegaron a meta después de la medianoche. El último clasificado, Constant Ménager, un tipo con boca, bigote, mirada y pelo de peligroso convicto, llegó a meta con un tiempo de 21 horas y 47 minutos pasada la una y cuarto de la madrugada. Ménager perdió. Lapize ganó. Ménager vivió hasta los 81. A Lapize lo llamaron a filas en la Gran Guerra y un 14 de julio, con guerrera de sargento francés, murió tras ser abatido en un combate aéreo. Se quedó sin cumplir los 30. Asesinos.Pogacar ha llegado de amarillo a su quinto Tour. Solo tiene 27 años. Eddy Merckx ganó en París por quinta vez a los 29. Jacques Anquetil y Bernard Hinault a los 30. Miguel Indurain a los 31. Es el club de los cinco. Ahora lo encabeza Pogacar. Es cierto que le falta por ganar La Vuelta a España. También la Paris-Roubaix. Y si acaso un oro olímpico. Pero sería míope recurrir a los cuadros de honor y a los récords para evaluar, entender y sentir ante qué corredor estamos.Eso se vio en el Tourmalet, atacando en solitario a 42 kilómetros de meta. Sin calculadora. Con RH épico en las venas. Y eso se vio en el Alpe d’Huez, dando pedaladas mortales a once kilómetros de meta para recortar los tres minutos y medio de los escapados y enterrar el recuerdo de Pantani por las veintiuna curvas de herradura que explican este bello cuento que es el Tour, una epopeya que tanto bebe de su propio pasado que a veces se emborracha de nostalgia.Sin embargo, tener a Pogacar es como la llegada de un bebé a casa: relega las nostalgias y vacuna ante el futuro. El presente se ha apoderado del ciclismo. A partir de ahora empieza la cuenta atrás. Todos querrán ver un sexto Tour de Pogacar. Quién sabe si un séptimo y borrar así, para siempre, la farsa de Armstrong. Ahora empieza Pogacar su momento Duplantis. Es él contra él.Pogacar contra Pogacar. Nada
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