El domingo la FIFA publicó un breve comunicado de prensa. En apenas cuatro frases, el máximo organismo del fútbol mundial anunciaba que el delantero estadounidense Folarin Balogun, que había sido expulsado en el anterior partido con su selección, podría disputar los octavos de final contra la selección belga. De acuerdo con sus códigos disciplinarios, explicaba el comunicado, la comisión disciplinaria de la FIFA había acordado suspender la tarjeta roja durante un año.Seguir leyendo
El comunicado del organismo debería suponer un punto de inflexión para todo poder público que se tome en serio su soberanía
El domingo la FIFA publicó un breve comunicado de prensa. En apenas cuatro frases, el máximo organismo del fútbol mundial anunciaba que el delantero estadounidense Folarin Balogun, que había sido expulsado en el anterior partido con su selección, podría disputar los octavos de final contra la selección belga. De acuerdo con sus códigos disciplinarios, explicaba el comunicado, la comisión disciplinaria de la FIFA había acordado suspender la tarjeta roja durante un año.La decisión de la FIFA es errónea. Como todo aficionado al fútbol sabe de sobra, una tarjeta roja acarrea una suspensión inmediata en el siguiente partido, más allá de que se imponga una sanción más grave (por ejemplo, por una agresión especialmente violenta) a continuación. La propia normativa de la Copa del Mundo, emitida por la FIFA antes del comienzo del campeonato, confirma esta consecuencia. Habla, de hecho, de que esta suspensión se “impondrá automáticamente”.Hasta aquí, la decisión de la FIFA podría parecer una cuestión técnica; errónea, pero, al fin y al cabo, de escaso interés más allá de las aficiones de EEUU y de Bélgica. Sin embargo, pocos minutos después del comunicado, Donald Trump expresó, en sus redes sociales, su agradecimiento a la FIFA por haber tomado una decisión “justa”. Esa misma tarde transcendió que, pocos días antes de la decisión, el propio Trump había mantenido una llamada telefónica con Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, en la que había pedido a Infantino que revisara la expulsión de su futbolista. Por casualidades de la vida, la llamada de Trump desembocó en una decisión disciplinaria con muy pocos precedentes en la historia del fútbol.La decisión de la FIFA no es sino la punta del enorme iceberg que, desde hace años, acecha al fútbol mundial. Las asociaciones deportivas nunca han destacado por su transparencia o por su buena gobernanza. En el caso de la FIFA, basta con remontarse a 2013, cuando la revista France Football destapó las irregularidades que habían rodeado la adjudicación del Mundial de 2022; o a mayo de 2015, cuando siete trabajadores de la FIFA fueron detenidos en un hotel de Zúrich, en una investigación por corrupción que llevó a la dimisión del entonces presidente Sepp Blatter.Con la llegada de Infantino, sin embargo, la FIFA ha ido un paso más allá. La misma FIFA que durante décadas había defendido una (ficticia) neutralidad política se ha convertido en un actor político clave en el tablero internacional. Lo ha hecho, además, alinéandose abiertamente con la Administración Trump, a quien ha regalado el capital social, político y económico del fútbol mundial. El pasado mes de septiembre, Infantino acompañó a Trump en un viaje oficial a Oriente Medio. En diciembre, poco después de que Infantino entregase a Trump el primer premio FIFA de la paz, la prensa informó de que el Consejo de la FIFA, su principal órgano ejecutivo, no había sido informado de
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