La experiencia del fútbol gana cuanto más imprevisible. Siempre es más interesante que pierda el favorito; que el pez chico se coma al grande, o que en un encuentro de alto voltaje, como un derbi o un clásico, los rivales, en lugar de tantearse como quien se palpa la chaqueta para comprobar que no ha olvidado en casa la cartera, salgan a comerse al 11 que tienen delante. En esa categoría de lo imprevisible merecen una mención de honor los goles de churro y los futbolistas que fallan en lo fácil y aciertan en lo difícil. Si son de nuestro equipo, podemos maldecirlos a ellos y todos sus parientes en el minuto 20 por tirarla fuera cuando el trasero del portero ya tocaba la hierba y en el 70 dar gracias a la madre que los trajo al mundo por subir al marcador un tanto de factura personalísima. Si pertenecen al club rival temblaremos cada vez que cojan el balón, que es algo, en general, que mejora cualquier espectáculo: el suspense.. Seguir leyendo
Existen domadores fabulosos con tarifas millonarias, pero la pelota sigue siendo un cuerpo salvaje revolviéndose entre 22 pares de piernas
La experiencia del fútbol gana cuanto más imprevisible. Siempre es más interesante que pierda el favorito; que el pez chico se coma al grande, o que en un encuentro de alto voltaje, como un derbi o un clásico, los rivales, en lugar de tantearse como quien se palpa la chaqueta para comprobar que no ha olvidado en casa la cartera, salgan a comerse al 11 que tienen delante. En esa categoría de lo imprevisible merecen una mención de honor los goles de churro y los futbolistas que fallan en lo fácil y aciertan en lo difícil. Si son de nuestro equipo, podemos maldecirlos a ellos y todos sus parientes en el minuto 20 por tirarla fuera cuando el trasero del portero ya tocaba la hierba y en el 70 dar gracias a la madre que los trajo al mundo por subir al marcador un tanto de factura personalísima. Si pertenecen al club rival temblaremos cada vez que cojan el balón, que es algo, en general, que mejora cualquier espectáculo: el suspense.. Lo mejor de los goles de churro es que valen lo mismo que los de floritura. Y lo peor, cuando adoptan el formato en propia puerta, la pesadilla de cualquier jugador. En todo caso, sirven para recordar que, aunque haya domadores fabulosos traídos desde distintos rincones del mundo y con tarifas millonarias, la pelota sigue siendo un cuerpo salvaje revolviéndose entre 22 pares de piernas. A veces la fiera pasa por el aro y encaja el esférico entre los tres palos, y otras, después de dejarse acariciar por el amo, pega un zarpazo que cambia totalmente el partido y obliga a improvisar sobre el número previamente ensayado. Si el fútbol es emocionante es porque no puede predecirse el resultado del impacto de una fuerza de 75 kilos sobre un balón de apenas 450 gramos. Porque es hermoso cuando el objeto obedece y porque no siempre lo hace. Porque puede explicarse el movimiento con las leyes clásicas de la física y algunos efectos extra, como el Magnus, que está detrás de las roscas, por ejemplo, pero, en última instancia, será un cóctel de azar, talento y estados de ánimo el que decida.. Cada minuto que la pelota permanece parada mientras alguien delibera sobre una jugada en una sala con pantallas es un minuto robado a ese salvajismo, una invasión burocrática. Por eso cada vez entiendo mejor a los detractores del VAR —ya no hablemos de las pausas de hidratación en horario de invierno—. Los pellizcos de justicia que haya aportado la tecnología no compensan la amputación sobrevenida en los minutos de espectáculo, por mucho descuento que se añada al final. La selva tampoco sería tal si estuviera llena de carteles y salpicada de áreas de descanso.. El partido que enfrentó al Barça y al Real Madrid en el Camp Nou el pasado 25 de octubre dejó varios ejemplos de lo caprichosa que puede ponerse la pelota. Los blancos se pusieron por delante con un clásico gol de churro, cuando el balón rebotó en Mbappé tras un mal despeje de Gerard Martín. Y otro de los mejores jugadores del mundo, Lamine Yamal, acostumbrado a culebrear como nadie en el área para zafarse de un muro de piernas antes de disparar con gracia a la portería, falló una oportunidad clara, solo ante Lunin.. A veces, una sola ocasión puede cambiar completamente el estado de ánimo de un equipo y, por tanto, darle la vuelta al partido. Se aprecia, en general, de manera más evidente cuando el portero para un penalti y sus compañeros se vienen arriba, como pensando: si hemos salido vivos del duelo más difícil, el de los 11 metros, aún podemos ganar en el 10 contra uno. Del mismo modo, un gol de churro puede aliviar tensión, ayudar a moverse con más soltura y desparpajo por el campo, mientras que una oportunidad desaprovechada a menudo provoca todo lo contrario: dispara la presión.. Hay muchos ejemplos de cómo una jugada tonta puede alterar completamente los nervios de un futbolista. En partidos de Liga de mitad de temporada y en finales de Champions, como la de 2018 que ganó el Real Madrid. El pobre de Loris Karius, guardameta del Liverpool, cometió un error garrafal: al sacar con la mano, vio cómo el balón rebotaba en Benzema y entraba en su portería. Poco antes, había hecho un paradón a un cabezazo de Cristiano, pero poco después, descompuesto por la pifia del saque de puerta que había terminado en gol del rival, aún dejó que se le escurriera entre las manos, como si fuera un pez, un chute sin demasiada fuerza de Bale. Como el fútbol es cruel, pero no tanto, Karius pudo resarcirse, aunque no fue ni en ese año ni con el mismo equipo. En 2025 fue clave en el ascenso del Schalke y el pasado septiembre dejó paradas memorables nada menos que contra el Bayern de Múnich.. A diferencia de los cuentos, en el fútbol es posible cambiar de papel y pasar de héroe a villano o viceversa, incluso en el mismo encuentro. Podemos perdonar al jugador que metió las manos en el bolsillos en un partido si al siguiente nos regala el tanto que vale los tres puntos. Incluso abrirle las puertas de casa después de que hubiera intentado irse con otra si vuelve con propósito de enmienda, es decir, de marcar goles.
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