En una de mis tiras favoritas de Calvin y Hobbes, Calvin está jugando en el patio cuando Hobbes le sugiere que debería estar trabajando en una redacción para la escuela. Así, Calvin se encuentra en un terreno intermedio entre el melodramático y lo trascendental (me gusta mucho cuando asume esa postura) y responde que la creatividad no es como un grifo que se abre y cierra según nuestra voluntad, sino que para poder escribir debemos estar en el tono correcto. When the stuffed tiger asks Calvin what that tone is, he replies: the panic of the last minute. Continue reading.
Please excuse the coaches, but there is something beautiful in that chaos caused by the imminent minute 90 when the team is losing and begins to improvise and attempt against their own scheme.
En una de mis tiras favoritas de Calvin y Hobbes, el pequeño Calvin está jugando en un arenero cuando Hobbes le pregunta si no debería estar haciendo una redacción para clase. Entonces Calvin se pone entre melodramático y trascendente (me encanta cuando toma esa actitud) y responde que la creatividad no es un grifo que se abre y cierra a voluntad, sino que para poder escribir hay que encontrarse en el tono adecuado. Cuando el tigre de peluche le pregunta cuál es ese tono, Calvin responde: el pánico del último minuto.
La tira de Bill Watterson esconde una idea sobre la creatividad que Duke Ellington formuló en una brillante sentencia: “No necesito tiempo, sino un plazo de entrega”. A todos nos sucede que, a veces, la presión se convierte en la mejor de las musas. Hay autores que tienen planificadas la trama y cada escena de sus novelas en esquemas de pósits y líneas trazadas pegados en la pared del despacho, como los detectives (o asesinos en serie) de las películas. Son esa clases de extraños seres que entregan el manuscrito con semanas de antelación
Otros, por el contrario, prefieren improvisar frente al texto, como hacen con las cuestiones más importantes de la vida, esas para las que no hay manual, el amor o la crianza, por ejemplo, y viven la escritura como una aventura de la que por momentos temen no salir bien parados. Para quienes nos incluimos entre estos últimos, el deadline (que me perdone Álex Grijelmo, pero qué apropiado es el término en inglés: línea de muerte) es, al tiempo que una amenaza, un acicate.
Vivimos tiempos en los que se elogia el orden hasta el punto de que creemos que nuestra tarea está bien hecha solo si ha sido estrictamente planificada y cabe en una tabla de Excel. Olvidamos en demasía que el orden es una herramienta, no una virtud, y como tal, su bondad depende del uso que de él hagamos. A veces sucede que cuadricular los procesos los fosiliza y los vuelve inservibles: herramientas que se autoalimentan y justifican en sí mismas. Monstruos burocráticos ávidos de nuestro tiempo.
¡Esta es una página de deportes!, se quejará algún lector. Pero es que hablo también de fútbol. También ahí el orden es una herramienta cuyo éxito deberíamos medir por lo que permite hacer al equipo, no valorar por sí mismo. No son pocos los equipos tan pendientes de conservar el rigor táctico que parecen haber olvidado para qué saltaron al campo. Víctimas de su propio orden, en ellos cada jugador ocupa su sitio, las líneas guardan las distancias y el balón circula sin que nadie sea capaz de abandonar el lugar y la tarea que le asignó la pizarra. Sigo sin hablar solo de fútbol: ¿Es un éxito cumplir con el plan previsto? ¿Es eficiente? ¿Es bueno?
Qué bonito juega a veces un equipo al que se le extravió el orden. Que me perdonen los entrenadores, pero hay algo hermoso en ese caos provocado por la inminencia del minuto 90 (el gran deadline del fútbol), cuando el equipo va perdiendo y comienza a improvisar y atentar contra su propio esquema. Oh, esos momentos en los que el míster grita en la banda y no sabes bien si se desespera o celebra, si da instrucciones o baila pidiendo un milagro a los dioses. Cuánta belleza hay ese desorden en el que el central sube, el lateral aparece por dentro, alguien intenta un regate que hasta entonces no se había permitido ni imaginar y, de pronto, parece que puede pasar cualquier cosa, incluso el milagro.
No siempre todo esto acaba en gol, claro. El pánico del último minuto también puede dejarnos una redacción desastrosa, una goleada de escándalo en contra, si no viene acompañado de esa misteriosa lucidez y eficiencia que la presión a veces produce. Pero cuando sale bien, cuando a las doce de la noche de la fecha de entrega pones el punto final al texto de tu vida, cuando el equipo incapaz de dar tres pases seguidos marca dos goles en el descuento, entonces uno se pregunta dónde había estado escondido, durante tanto tiempo, todo ese talento. ¿Y saben qué? Que me temo que muchas veces está abajito del todo, aplastado por pizarras, tácticas, procesos, columnas de Excel, pantallas, datos y planes infalibles.
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