Noche de viento y promesas de viejos campeones, que, ligeros, alados, anuncian maravillan. Y la gente, con la boca abierta de admiración, exige, seguid regalándonos belleza, no paréis, no lo dejéis. Miltiadis Tentoglou, el doble campeón olímpico griego, responde. Trepana el muro del viento (-1,1) con sus pies increíbles, salta 8,44 metros en su cuarto intento, cuando ya ha podido ajustar su carrera, y logra su cuarto título europeo en salto de longitud.. Seguir leyendo
Tentoglou logra su cuarto título consecutivo en una final de longitud en la que Cáceres fue séptimo
Noche de viento y promesas de viejos campeones, que, ligeros, alados, anuncian maravillan. Y la gente, con la boca abierta de admiración, exige, seguid regalándonos belleza, no paréis, no lo dejéis. Miltiadis Tentoglou, el doble campeón olímpico griego, responde. Trepana el muro del viento (-1,1) con sus pies increíbles, salta 8,44 metros en su cuarto intento, cuando ya ha podido ajustar su carrera, y logra su cuarto título europeo en salto de longitud.. Miltiadis Tentoglou celebra tras ganar el oro en el salto de longitud.TOLGA AKMEN (EFE). Media hora después, le toca a Marcell Jacobs cumplir con las expectativas, con los deseos de unos espectadores que, después de una semifinal en la que mostró su superioridad en el desolador panorama de la velocidad europea, es el favorito único para la victoria en los 100m. Y los más apresurados ya empiezan a preparar cuadros celebratorios con tres figuras, el soviético Valeri Borzov y el británico Linford, rescatados del pasado como únicos ganadores de tres títulos seguidos de los 100m en los Europeos, y a su lado, Jacobs, el campeón olímpico de Tokio (9,80s) contra todo pronóstico y contra todo el imperio americano, que sería el tercero. A los 40 metros de una carrera fría como la brisa que, sigilosamente, ha descendido su intensidad, el sueño, la emoción, mueren. Jacobs, que no ha salido bien, como el preveía, se rompe, los abductores le traicionan, se para, y al trote, detrás de casi todos, pues también se ha lesionado el belga Simon Verherstraeten, contempla la victoria del que él sabía que sería segundo detrás de él, el británico Romell Glave, nacido con el siglo, que compitió como jamaicano hasta hace tres años y que solo bajó de los 10s por primera vez hace dos meses (9,98s) en la misma pista azul de Birmingham en la que grita extático su victoria.. El tiempo es secundario (10,09s, -0,4 de viento). Segundo fue su compatriota Jeremiah Azu (10,16s) y tercero Owen Ansah (10,19s), el primer alemán que ha bajado de 10s en los 100m. Los tres han nacido con el siglo.. Si Jacobs es esbelto, casi 1,90, y proporcionado, potente, musculado y estilizado, y su técnica de bailarín depurada en sus años de saltador hace parecer que no golpea al suelo sino que lo acaricia y el tartán agradecido por la delicadeza de trato le devuelve aún más impulso que si lo machacara, Glave es compacto, tipo bola de músculos, 1,72m, 66 kilos, y muy trabajador. Tiene una gran salida (fue segundo hasta los 20 metros, solo superado por Azu) y más disciplina. Perdió hace dos años la final de Roma (fue tercero) después de ponerse primero a los 10 metros sencillamente por no saber gestionar la carrera desde delante. Se embarcó con su entrenador, Michael Alifaka, en lo que llamaron Proyecto 40 y demostró el éxito de los entrenamientos en la final, con la contribución de la lesión de Jacobs, que tenía previsto superarle al llegar a los 90 metros.. La camiseta flota en el aire y el brazo sale fluido, veloz, sin brusquedad; los dedos apenas rozan el disco que gira volando en el aire. Diego Casas, el coloso de Pucela, lo mira satisfecho. No es su mejor lanzamiento (62,90m), pero es suficiente para pasar a la final del jueves (21.45). “Me ha faltado alargar un poco el final”, dice el lanzador, que vive en el cuartel de la Guardia de Finanzas en Roma, donde se entrena a las órdenes de Federico Apolloni, un entrenador que cree que el lanzamiento es swing y movimiento, y el lanzador debe ser ligero, no una masa de músculos trabajados en las salas de pesas, y su filosofía made in Italy impregna a Leonardo Fabbri, el campeón de lanzamiento de peso, y no tiene barriga, y contagia también a Jacobs, que tras ganar en Tokio había regresado a Italia después de penar unos años en Florida bajo el régimen terrible de la velocidad norteamericana, y se ha reencontrado con su entrenador de toda la vida, el extriplista Paolo Camossi, que le habla de ligereza, técnica y elegancia, y le cuenta cómo era Livio Berruti, el velocista que derrotó a los norteamericanos en los Juegos de Roma y enamoró a la gran Wilma Rudolh, y a quienes todos admiran y lloran en su muerte. “Berruti me señaló como su heredero. Con su carrera tan ligera, dejó claro que los velocistas no son solo masa y músculos. Y así quiero ser yo”, dice, y salta a la pista para demostrarlo. “He recobrado la chispa”. Y todo se queda en un grito y un lamento.. Eusebio Cáceres, como Tentoglou, como Casas, como Fabbri, como Berruti, es de la escuela ligera, pero en la final a la que llegó más convencido que nunca de que sería su gran noche, el viento le machaca, le frena, le desequilibra en el aire, tan poco su peso, le obliga a ajustar varias veces su talonamiento. Contra la desesperanza, él pelea. Exige más que nunca palmas en un estadio que suena a hueco. Se empeña. Choca y se rinde. “No soy de tener suerte, soy de luchar contra ella”, dice sombrío el saltador de Onil, al que intentaba aconsejar desde la banda su entrenador, Iván Pedroso. “Físicamente estoy muy bien, pero me ha fallado la técnica. Con estos vientos irregulares era muy difícil pensar en la técnica”. Termina séptimo con un triste salto de 7,92m, muy lejos del cuarto puesto tantas veces maldecido y que no quería repetir (8,18m del portugués Gerson Baldé en su sexto intento), y más aún de las medallas que pelean hasta el último salto el suizo Simon Ehammer, segundo con 8,29s, y el búlgaro Bozhidar Sarâboyukov (8,26m). “Es el puesto que merezco”.. Jaime Guerra fue noveno (7,73m) y Lester Lescay 10º (7,72m).
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