Anoche tuve un sueño. Seguir leyendo
Qué hay detrás de las copas falsas, del veneno autodestructor para el fútbol y de la muerte segura que aguarda cuando se complace al diablo siempre
Un escritor en el MundialOpiniónTexto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datosQué hay detrás de las copas falsas, del veneno autodestructor para el fútbol y de la muerte segura que aguarda cuando se complace al diablo siempreEl presidente estadounidense, Donald Trump, habla desde la Casa Blanca, detrás el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, el 22 de agosto de 2025.Jacquelyn Martin (AP Photo/Jacquelyn Martin)Anoche tuve un sueño. El capitán de la selección campeona del Mundial subía al escenario central del MetLife Stadium de Nueva Jersey para la ceremonia de entrega del trofeo. Miraba la Copa del Mundo y pensaba en todos sus predecesores; en la gloria eterna que confiere ese instante fugaz: los cinco segundos en los que aún perviven Obdulio Varela en Maracaná, Bobby Moore en Wembley, Carlos Alberto en el Azteca, Beckenbauer en el Olímpico de Múnich, Dino Zoff en el Bernabéu, Matthaüs en el Olímpico de Roma, Zidane en el Stade de France o Casillas en el Soccer City de Johannesburgo.Después de quedar deslumbrado por la copa dorada, el capitán miraba al hombre que se la iba a entregar, Donald Trump, como un pálido reflejo de Mussolini o Videla en sus Mundiales, y se acordaba de otros deportistas como él que un día dijeron no. Se acordaba del futbolista chileno Carlos Caszely cuando escondió las manos detrás de la espalda y le negó el saludo a Pinochet. Se acordaba del capitán brasileño Sócrates y sus camisetas en favor de la democracia durante la dictadura militar en su país. Se acordaba del puño en alto del delantero carioca Reinaldo, a lo pantera negra, en el Mundial de Argentina 78 manchado por el bigote asqueroso del dictador. Se acordaba del capitán austriaco Matthias Sindelar y de su baile provocador ante los jerarcas nazis que ocupaban la tribuna después de que Hitler se anexionara Austria. Hasta se acordaba de cómo en el otoño del 75, un día después de que el régimen de Franco ejecutara sus últimos cinco fusilamientos a miembros del FRAP y de ETA, los futbolistas del Racing de Santander Aitor Aguirre y Sergio Manzanera saltaron al césped del Sardinero con unos brazaletes negros que habían improvisado con los cordones de sus botas de repuesto.El capitán, abanderado del deporte mundial en ese mismo instante, representante de toda una comunidad profesional y amateur mecida por el soniquete del citius, altius, fortius, también rememoraba otros momentos legendarios en situaciones parecidas. Se acordaba de los velocistas americanos John Carlos y Tommie Smith en los Juegos de México 68 con sus puños recubiertos de negro y la cabeza gacha mientras sonaba el himno del país hipócrita que segregaba a otros negros como ellos. Se acordaba del atleta alemán Luz Long, un perfecto ario, que en la final de salto de longitud de Berlín 36 ayudó, abrazó y festejó con el negro Jesse Owens su medalla de oro ante Hitler. Se acordaba de la gimnasta c
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